Cuento intercultural: La Bicicleta de Tanaka

Con La Bicicleta de Tanaka, nuestro alumno Fernando Fernández de Bobadilla Bolea (11 años) ganó el primer premio en la modalidad de Primaria del Concurso de Cuentos Interculturales de la Diputación de Almería. Os dejamos su estupendo trabajo.

TÍTULO DEL CUENTO: “LA BICICLETA DE TANAKA”

 

AUTOR: FERNANDO FERNÁNDEZ DE BOBADILLA BOLEA

 

PRIMER PREMIO

CATEGORÍA EDUCACIÓN PRIMARIA

 

            No me desperté porque mi despertador me reventara los oídos, ni lo hice en mi cama. Escuchaba una voz anunciando que en poco tiempo aterrizaría en Japón. Me encontraba en una butaca con mi padre, que leía un libro. Me llamo Marcos. Mi padre tenía que venir hasta este país, tan lejos de España… y decía que lo pasaría bien. Que me compraría lo que quisiera, si me comportaba. Y todo, por culpa de su jefe. Seis meses sin mis amigos, en un país tan lejano… preferí no pensar en eso.

Mi padre me llevó al colegio en el que iba a estudiar estos meses. El curso escolar en Japón empieza en abril… así que, como era abril, tenía que repetir curso. Cada vez sufría más por culpa de mi propia mente. Entramos en la escuela. Allí me esperaban una alumna y un profesor.

-Bueno, campeón, te van a enseñar este sitio. Yo me voy, vuelvo en media hora –dijo mi padre, y se fue.

La chica parecía amable. El profesor no, su mirada era fulminante.

-¡Hola! Soy Midori. ¡Encantada!

Se acercó a mí. En España si un adulto se acerca a ti para saludarte, y además es una mujer, sueles tener que darle un beso en las mejillas. Dicen que los japoneses son muy educados, así que aunque fuera una niña, le di un beso. Cuando me hizo una reverencia, me di cuenta de que no tendría que haberlo hecho.

-¡Ah! ¡Me ha besado! ¡Qué asco!

El profesor me miró con cara de desprecio.

-Soy Kenta Yamada, tu profesor de matemáticas. Más te vale que se te den bien. Y que te vuelvas más educado.

-Sí, señor Kenta.

-Señor Yamada, para los alumnos.

Cuando mi padre me recogió, a Midori le había dado asco y el sr. Yamada me había regañado unas veinte veces.

Todos los días igual, y cada vez le caía mal a más gente.

El odio de Yamada iba en aumento y siempre me castigaba diciendo:

-Eres el mejor de la clase en matemáticas, así que hoy, harás problemas durante el recreo.

Tampoco tenía nada que hacer allí.

Pero un día durante el segundo mes, Yamada sufrió un accidente. Le operaron y se dio de baja. Ese día no hubo matemáticas, y al siguiente, vino un nuevo profesor.

-Hola, niños. Soy vuestro nuevo tutor, Shigeru Tanaka. Encantado.

Él parecía más simpático que Yamada. Mucho más. El antiguo profesor me había castigado durante dos meses porque le di sin querer con los palillos a Megumi, durante el almuerzo. Así que empecé a hacer problemas. Tanaka vino.

-¿Qué haces?

-Yamada me castigó.

-Él ya no está aquí. Me dijo que eras muy desobediente, pero solo dice tonterías. Vete al recreo.

-No tengo nada que hacer allí. Prefiero las matemáticas.

Me miró con cara de pena, y después me preguntó que qué me gustaba. Aunque había montado en ella unas diez veces en toda mi vida, para quedar bien, dije que me encantaba la bicicleta. Creo que no se lo creyó, porque empezó a reír. Era muy simpático.

-¡La bicicleta es increíble! Gracias a ella, puedo venir todos los días al colegio, y dar paseos por templos… ¿Quieres que hoy quedemos y nos demos una vuelta?

En España jamás hubiera ido a pasear con un profesor, pero aquí era mi primer amigo.

-¡Vale! A las seis en el parque.

-¿Qué tal el colegio, Marcos? – me preguntó mi padre-. ¿Cómo es el sustituto?

-Es muchísimo mejor. Vamos a salir en bici.

-¿Con él? Bueno, vale. Ten cuidado.

A las seis… llegué diez minutos antes. Cuando apareció Tanaka, me preguntó que cuánto tiempo llevaba ahí, y después me dijo que no llegara antes, que en Japón era tan malo como llegar tarde.

-Todos tus problemas se deben a que tenemos culturas muy distintas. No te preocupes, yo te enseñaré.

Dimos un paseo por las afueras de Kioto e hicimos una carrera (que me dejó ganar). Cuando quise darme cuenta, eran las diez y media de la noche.

-¡Tengo que volver a casa! ¡Mi padre me matará!

-Tranquilo, yo te acompaño. Así, puedo ir a tu casa a recogerte la próxima vez, ¿vale?

Allí, mi padre se puso hecho un basilisco y dijo que estaba castigado. Tanaka le dijo que era culpa suya (en realidad no lo era) y se despidió.

Desde ese día, Tanaka me recogía en mi casa a las seis y llegábamos antes de las nueve para que mi padre no se enfadara. Él era mi mejor amigo, aunque fuéramos profesor y alumno, era como un niño por dentro. Pero no era el único. Gracias a sus consejos, la gente dejó de odiarme, menos Megumi, que seguía llorando cuando mis palillos volaban hacia su cara. Incluso Takeshi, que al principio se burlaba, se hizo mi amigo, y me defendía si otros se metían conmigo. Cada vez me iba mejor en la escuela y ya ni siquiera quería volver a España.

Cuando ya solo faltaba un día para mi partida, Tanaka no vino a recogerme. Me dijo que había empeñado la bicicleta. Y aquello me dio que pensar. Sin la bicicleta, tendría que ir al colegio en metro y levantarse mucho antes… y sobre todo, era lo que más le gustaba hacer.

-Papá, ¿me porto bien?

-Eh… claro.

-Dijiste que me comprarías algo, así que ve a los grandes almacenes, compra una bici muy buena, y envíasela a Shigeru Tanaka. Vive en el 32 de la calle principal del pueblo donde compras pan.

-¿Por qué?

–  Hazlo.

Solo quedaba un día y no quería que lo “dejara para luego”, lo que significa “el mes que viene”.

El último día fui a ver a Tanaka.

-Bueno… -dije-. Vuelvo a España.

-Lo sé. Quería… darte algo. Toma.

Me dio un paquete algo grande.

-Espero volver a verle, Tanaka.

-Shigeru, para los amigos.

Ya en España abrí el regalo de Shigeru junto a una nota que decía: “Ya sabes porqué empeñé la bicicleta.”

Sonreí. Ahora tiene una mejor.

 

 

 

 



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