Cuento Intercultural: Los colores que te definen

TÍTULO DEL CUENTO: “LOS COLORES QUE TE DEFINEN”

 

AUTORA: MARÍA FERRE FERNÁNDEZ

 

PRIMER ACCÉSIT CONCURSO DE CUENTOS INTERCULTURALES DIPUTACIÓN DE ALMERÍA

CATEGORÍA EDUCACIÓN SECUNDARIA

 

Marco se levantó sobresaltado de la cama a causa de un estruendo en la parte baja de la casa, probablemente producido en la cocina —el ruido inconfundible del metal aún resonaba sobre las baldosas de más abajo—. Miró el reloj que descansaba en la mesita de su derecha; las dos y media de la madrugada brillaban con un destello neón. Su pequeño cuerpo temblaba todavía del susto así que agarró el edredón con fuerza y se escondió bajo su suavidad hasta el punto en el que solo podían verse sus dos grandes ojos azules y su nariz de botón que tanto le recordaba a su madre a un pequeño ratoncito.

Un nuevo ruido.

Posiblemente fuera mami —o eso se hizo creer él—, quien habría bajado a tomar un tentempié nocturno. O a lo mejor se trataba de papi, quien querría beber un poco de agua y, a causa de su torpeza, se habría chocado con los útiles de cocina. O puede ser que se hubiera colado un extraño para robarles sus bienes más preciados como… ¡sus barritas de chocolatinas Kit Kat! Al pensar en tal atrocidad, el pequeño Marco de tan solo siete años de edad se hizo una bola y rodó bajo las sábanas. Con los nervios a flor de piel, se preguntaba qué hacer: ¿seguiría escondido y dejando a la merced del ladrón lo que más quería o sería un héroe y salvaría la casa? Minutos pasaron sin respuesta fija.

No recuerda bien cómo pasó, pero en un parpadeo se encontraba con una mano sobre la barandilla de las escaleras y con la otra firmemente agarrada en el mango de su sable láser verde favorito, ¡no fuera a ser que lo cogiera por el haz de luz y se cortara la mano! Sus rodillas temblaban y su voz no salía más que en forma de suspiros quebrados por los nervios; su corazón iba a mil por hora. Con el tamborileo de su pecho marcando el ritmo, Marco divisó una luz proveniente de la cocina —no estaba equivocado, después de todo— y comenzó a sudar; ¿sería capaz el ladrón de oler su ansiedad, su miedo?

Puso un primer pie sobre el suelo de la cocina. No vio a nadie a primera vista. Puso el segundo pie a la altura del otro. Las baldosas se sentían frías al contacto con sus pies descalzos.

—¿Hola? —preguntó al vacío en un susurro, con la palabra entrecortada—. ¿Quién… quién anda ahí? —probó una vez más.

No hubo respuesta.

Entre la penumbra de la noche, que luchaba contra la débil fuerza de la casi fundida bombilla colgando del techo, algo se movió. Y su corazón se sobresaltó. Y soltó un grito ahogado. La sombra se removió en su esquina y también gimió de la impresión. Marco retrocedió hasta chocar con el marco de la puerta y así hacer que su sable láser se resbalase de su mano —¡oh, no!—; se sintió de repente desprotegido. Mientras buscaba su arma caída, la sombra salió de su escondite dispuesta a huir por la ventana, abierta de par en par y hasta entonces desapercibida por el niño.

—¡Espera! —exclamó Marco, a lo que la pequeña y escurridiza sombra se detuvo y se giró hacia él.

Ahora que la tenue luz le daba directamente sobre el rostro, Marco descubrió los brillantes ojos oscuros de una niña de cabellos afro descolocados de color blanco como cualquier otro niño, pero su piel bajo aquellas circunstancias parecía… ¡morada, cuán peculiar era! Bueno, no morada, sino que era de un tono lavanda triste, mas Marco nunca había sido muy bueno en plástica. Se trataba de una menuda y pequeña figura y parecía que el viento se la iba a llevar. Tenía los brazos y las piernas como alfileres, poco nutridos, y en su rostro se marcaban los pómulos de manera peligrosa; parecía ser la mitad de grande que él así que ya no le daba tanto miedo.

Aun así, el éxtasis del susto seguía circulando por sus venas y bombeando en sus oídos, impidiéndole pensar con claridad.

Inspiró profundamente y dejó fluir su tensión en la expiración. Sonrió.

—¿No me… odias? —preguntó la muchacha con un piar más roto que sus ropajes—. ¿No tendrías que llamar a la policía, a tus padres?

—¿Por qué? Eres más pequeña que yo; no pasa nada —Marco intentaba ser lo más tranquilizador posible: había una niña en apuros en su casa y era su deber, como buen jedi, ayudarla. Así que, con calma para no espantarla, se acercó a la nevera, cogió el paquete de Kit Kat que tenía reservado para el fin de semana, y se lo entregó a la niña—. Me llamo Marco ¿y tú?

Confusa, cogió el paquete con una simbología que no sabía identificar —para ella no eran más que garabatos rojos rodeados por un círculo blanco— y lo abrió, descubriendo así un nuevo aroma dulce y apetitoso por el que su estómago rugiera con ansia. Tan embelesada estaba que no se percató de que el niño blanco seguía esperando su respuesta.

—África —dijo sin titubear, más segura de que aquella situación no le suponía ningún peligro.

—¡Guay! Si te quedas, podemos ver mi película favorita. Es nueva y se llama El Imperio Contraataca, ¡seguro que te gusta! Y…

—Espera —África interrumpió el entusiasmo de Marco con un rostro serio con olor a tristeza—. ¿Por qué no me odias como los demás? ¿Por qué mi piel no te extraña?

—Tu piel… ¡tu piel es preciosa!

 

Marco y África solían pelearse por el orden de ducha —ella tardaba mucho y el otro usaba toda el agua caliente de manera que acababa todo humedecido—, por el uso del Nokia121 familiar, por la elección de canal de televisión… mas, por lo general, solían llevarse bastante bien. Incluso se llamaban mutuamente <<hermanos>>. Mamá y papá ante esto solo podían suspirar jocosos.

En una de las disputas matutinas por el uso del baño, África salió victoriosa y no pudo evitar regodearse de ello ante su hermano; ¡otra vez sería, perdedor! Entró con su vestimenta en la mano, la colocó sobre la tapa del inodoro y abrió el grifo de la ducha para que comenzara a calentarse el agua. Tan solo llevaba puesta una inmensa y antigua camiseta como pijama que apenas dejaba a la vista la mitad de sus brazos y sus piernas, coloreados por un tono lavanda aterciopelado, familiar, que se hizo aún más presente cuando se deshizo de su prenda de ropa. La adolescencia le había traído una melanina fuerte y problemática —como la de cualquier adolescente—, empero… seguía siendo violeta. Nunca podría dejar de ser violeta.

Dentro de la ducha, la alcachofa la rociaba con agua hirviendo mientras ella frotaba fuertemente con la esponja todo su cuerpo; una y otra vez hasta irritar la piel. Estaba cubierta de suciedad incrustada, imposible de limpiar, incluso cuando brillaba radiante con la inocencia de la juventud. África no se había percatado de esto hasta que, por la calle, ojos desconocidos se lo repitieron hasta la saciedad. Era una imperfección en un mundo de pieles pálidas y adultos de cabellos oscuros. ¿Cómo no lo había podido ver antes? Qué ingenua había sido.

Las gotas que caían por su rostro estaban más saladas de lo natural, quizá el nivel de cal había aumentado otra vez.

Tras secarse, se puso la ropa lo más rápido posible, evitando así tener que mirar su cuerpo desnudo. Sin embargo, todavía había un problema: cada vez que se mirara al espejo tendría que ver ese rostro violáceo que día tras día reflejaba un poco más de ansiedad en él. Su propia imagen la miraba, delatora.

Sobre el lavabo, el maquillaje de mamá descansaba apacible; intentarlo una vez más no la iba a matar. Tomó los polvos base y comenzó a espolvorear su rostro con ellos, cubriendo su cara entera con una tonalidad pálida desconocida. Cuando se detuvo, observó a esa nueva persona que encajaba perfectamente en la sociedad, pero con la que se sentía muy incómoda. De repente, tras asentar ese pensamiento en su mente, su propia piel absorbió el color artificial. Probó una vez más. A los segundos su cuerpo volvió a hacer lo mismo. Otra vez. Mismo resultado. La ansiedad comenzó a golpearle el estómago, ¿por qué no se quedaba?

—¡África, venga ya! —Marco llamaba a la puerta del baño con golpes escandalosos, deseoso por darse una buena ducha. Rezaba por que aún quedara suficiente agua caliente para él—. Como no abras… ¡Yo mismo entro a patadas!

Su hermana parecía no dar señales de estar escuchándole —normalmente le gritaría de vuelta para que se esperase y lo enfadaría llamándole <<joven jedi>>— y ya se estaba cansando de esperar; estaba dispuesto a entrar. Además, no se escuchaba el agua correr desde hacía unos minutos, ¡seguro que estaba vestida y perdiendo el tiempo solo para molestarle!

Marco nunca olvidará la estampa que vio en el baño justo al entrar de golpe: su hermana, con lágrimas imparables brotándole de los ojos como cataratas, cubierta por un polvo blanquecino que pronto quedaba opacado por el esplendoroso color malva ansioso que la envolvía en un abrazo eterno. Sus cosas se le resbalaron de las manos.

—¡No entres! —gritó ella desde lo más profundo de su corazón, con una voz rota de tanto llorar—. No quiero que tú también me mires como el resto del mundo lo hace —se sentó en el suelo de golpe y cubrió su cara con unas manos mágicamente limpias—, no quiero que veas el desastre que soy por naturaleza.

Entonces lo comprendió todo.

Siempre había intentado proteger a su hermana del racismo que acudía afilado desde lares ajenos al muro familiar, de las injusticias y trampas que la sociedad tenía preparadas para ella y todo aquel semejante. No obstante, dos contra el mundo era un combate complicado. Tan solo le quedaba sentarse junto a ella y colocar su mano en el hombro que temblaba al ritmo de sollozos rebeldes.

—¿Por qué no puedo ser simplemente como tú y encajar? —confesó tras varios minutos de silencio llorado—. ¿Por qué no puedo aunque sea pretender?

—Porque tú misma sabes que esto que has intentado no eres tú, porque no quieres vivir incómoda por complacer a imbéciles que nunca te conocerán. Tu subconsciente sabe que tal y como eres ahora es como eres feliz y va a pelear por ello. Siempre has sido una luchadora.

África se limpió las lágrimas de los ojos y su hermano continuó hablando palabras llenas de dulce esperanza.

—Tú, y sobre todo tú, no deberías olvidar tus raíces, sino todo lo contrario —Marco sonrió de manera reconfortante—, deberías dejar que el mundo viera como las luces y el orgullo que sientes por ellas; son tus colores, después de todo. ¿Comprendes?

África asintió.

—Gracias.

 

África nunca sintió que alguien la tomaba en serio en ningún momento de su carrera estudiantil, ¡entrar en la universidad le había costado horrores incluso siendo una excelente estudiante! No obstante, nada ni nadie era capaz de derribarla; si la tiraban, volvía a levantarse con más fuerza. Además, contaba con la ayuda de su hermano Marco, quien siempre estaría allí para alentarla a seguir luchando. Juntos iban a protestas por las vidas de aquellos con pieles de distintas tonalidades de violeta que eran injustamente acribillados con dificultades para vivir una vida plena. En casos extremos, ni siquiera una vida a secas se les era permitida. Aunque acababan de entrar en el siglo XXI, ¡ya era hora de un cambio definitivo!

Todo se hacía algo más complicado al no tener la presencia de sus padres ni la de Marco cerca, sin embargo, la independencia era algo con lo que habría que lidiar con el afán de lograr una libertad permanente. Su piso estudiantil tenía un alma silenciosa y estaba segura de que el de su hermano sería igual. Ya tendría todas las vacaciones de Navidad para preguntárselo.

El comienzo de las vacaciones llegó como agua de mayo, esperada pero anticipada. Aunque debería seguir estudiando en casa de sus padres, al menos estaría con las personas que más quería. Empero algo parecía extraño. El aura que desprendía Marco no era la típica jovial y amable capaz de llenar una casa entera y afectar incluso a una persona. De él salían oleadas de intranquilidad y miedo, pero ¿hacia qué?

Recién levantada en la misma mañana de Navidad, decidió visitar el cuarto de su hermano antes de vestirse y preguntarle directamente; odiaba ese secretismo entre ambos. Abrió la puerta de bisagras ruidosas maldiciendo a la chirriante antigüedad de la casa. Sin embargo, su hermano seguía dormido plácidamente bajo un edredón negro con el logotipo de La Guerra de las Galaxias estampado por todas partes; le resultaba increíble lo profundo que era capaz de adentrarse en el mundo de los sueños.

—Joven jedi —le llamó una vez sin moverse del umbral de la puerta. Al no recibir ninguna respuesta por parte del otro, alzó la voz—. ¡Marco!

Con un quejido casi inaudible, el chico se despertó y se incorporó, sentándose en un tambaleo cansado. África abrió los ojos como platos y se tapó la boca con las manos ante la sorprendente estampa, evitando así soltar una exclamación por la impresión. ¡El cabello de su hermano brillaba reluciente con los colores del arcoíris! Al contrario que la mayoría de los adultos, quienes tenían un color castaño poco llamativo, su cabellera flameaba con un rojo vivo, un naranja saludable, el amarillo de la luz del Sol, el verde naturaleza, un azul sereno y un violeta que reflejaba su propio espíritu, llevándola siempre con él.

Marco miraba confuso a su hermana sin comprender qué había sido lo que le había sorprendido tanto, ¿tendría algo en la cara…?

Oh.

—E-espera, déjame explicártelo —con toda la fuerza que se tiene a las ocho de la mañana y recién despierto, intentó no perder la calma mientras se trababa al hablar dando explicaciones—. Yo… verás… Me lo puedo teñir, lo puedo ocultar.

—Marco…

—Es decir, llevo algún tiempo así y nadie lo ha visto aún. Bueno, ahora tú…

—¡Marco!

En la habitación reinó el silencio al igual que en su garganta desapareció la humedad; difícil le era el tragar. Comenzó a ver borroso a causa de unas pequeñas balsas que se estaban formando sobre sus ojos, tentándolo a derramarlas. Se escapó una pequeña gota de las mismas. Y luego otra. Y otra.

África suspiró mientras escuchaba los <<lo siento>> de su hermano por habérselo ocultado durante todo ese tiempo y se acercó hasta la cama, se sentó y lo abrazó con fuerza.

—Desde que gané de nuevo la confianza en mí misma me he estado preguntando el porqué de la importancia de quererse a uno mismo y me basé en lo que una vez me dijiste —susurra—, debía abrazar mis raíces. Pero también he descubierto que cada ser humano es perfecto tanto si tiene unas raíces complejas como si no, tanto si las conoce como si las ignora. Cada uno de nosotros merece vivir de igual manera sea cual sea su entorno, raza, preferencia… y debe ser consciente de que es esto lo que nos hace tal y como somos. Son nuestros colores y estos —acaricia su colorido cabello con un amor fraternal inigualable— son los colores que te definen. Por tanto, ni se te ocurra pensar en teñirte el pelo de nuevo, lúcelo con el orgullo de ser irremplazable. ¿Comprendes?

—Comprendo.

 



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